El ritual

Supermán lo hacía sencillo, buscaba una cabina telefónica -cuando las había- daba al autocentrifugado y en un segundo estaba dispuesto. Parece mentira que solo tuviera que cambiarse el traje por la capa y ponerse el calzoncillo rojo por encima. Cuando regresaba de salvar al mundo a su oficio de aburrido periodista se le veía siempre mucho más apurado, ya no hacía falta ser rápido para salvar a un niño de caer por las cataratas del Niagra, no, debía de buscar, con su vistosa planta de superhéroe, el lugar dónde había dejado las gafas de pasta para que no se le rompiesen y esperar, con ansia viva me imagino, a que el traje estuviese en su sitio, (como si los ladrones sólo pudieran robarle al héroe todas las arrugas). En su cabeza debía de flotar siempre aquello de es más fácil salir del armario que volver a entrar discretamente.

Con los periodistas pasa algo similar pero al revés. El proceso previo no consiste en vestirse de mallas bajo el traje, pensar dónde meter las botas rojas y la capa, una percha para o una funda para el traje… el ritual puede llegar a implicar cargar el ordenador, cargar el teléfono móvil, cargar la cámara de fotos, cargar la grabadora y, finalmente, cargar con todo hasta el lugar de la rueda de prensa o el acto oficial.

Todos estos pasos no le precisan solo unos segundos, sino al menos una hora, y él no tiene ni superfuerzas y supervelocidad, aunque sí implica tener como poco fortaleza de voluntad porque el resultado no suele decidir entre la vida y la muerte, ni inclinará el fiel de la balanza en la eterna lucha del bien y el mal… nunca habrá espació ni tiempo en el medio para todo lo que recoja. Si pierde esa única fortaleza el profesional de la información, humano siempre, djará de tener fe.

El periodista multitarea se reduce entoces a aquel individuo que llega al aperitivo, hace las preguntas de rigor antes de comenzar el acto, con su teléfono inteligente o tablet toma algunas notas en el instante, las publica en las redes a renglón seguido y abandona la sala discretamente. Dicha rutina le permite incluso buscar a la salida algún que otro refrigerio antes de dirigirse a una redacción y esperar a redactar la pieza con lo registrado y la nota prensa o la noticia de la agencia. Los periodistas, al contrario que Supermán, salen de la cabina mucho más desahogados, con el servicio cumplido y volviendo a su verdadera identidad de seres humanos normales y corrientes, con tantos defectos como virtudes.

Jamás se cuestionarán que el medio les concediera el tiempo suficiente para hacer las cosas bien. Competirán solícitos en interiorizar esta rutina que les hace parecer superhéroes con supervelocidad, pero el mundo se estrechará a su alrededor y no podrán volver a decir jamás que la razón para desvestirse de periodistas fue la de aspirar a convertirse en superhéroes.

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Un pensamiento en “El ritual

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