Reporteros de guerra: la muerte de la inocencia comienza tirando piedras

Dicen que en una guerra la primera víctima es la verdad… y es cierto, y el que solo pueda morir una vez hace que esa primera muerte sea tan trágica: la inocencia de todos los que vivíamos tranquilos con la mentira, muere con ella.

Dice Arturo Pérez Reverte:

“El periodismo de guerra actual poco tiene que ver con el de ayer. Entonces te perdías dos meses en África y al regreso tu reportaje iba en primera página; mientras que ahora, si tardas minuto y medio en dar una información, ésta se queda vieja porque ya la conoce todo el mundo. El teléfono móvil, la conexión en directo y el ordenador portátil acabaron con los viejos reporteros. Los enviados especiales de la televisión son ahora bustos parlantes de terraza o ventana de hotel, aunque no sea culpa suya: es imposible salir a la calle a buscar información cuando debes entrar veinte veces al día en directo, y a tus jefes interesa más decir «tenemos a alguien allí, o cerca» que lo que ese alguien cuente; pues la misma información ya circula por la Red desde hace rato, gracias a anónimos reporteros ocasionales que cuentan lo que ellos mismos viven. Además, una guerra bien cubierta resulta muy cara de cubrir, y no están los tiempos para alegrías, ni siquiera en los medios públicos. Más, cuando entre una matanza en Damasco y una final del Barça, la peña –que ésa es otra– prefiere ver el fútbol.

Sin embargo, viendo el documental de Roberto Lozano, y gracias a las incursiones que a veces hago en blogs de reporteros independientes que andan por esos mundos buscándose la vida a su aire, compruebo con admiración que el periodismo de guerra no ha desaparecido. Se vuelve más individual, tal vez. Más humilde, peligroso y vocacional. Pero allí donde no llegan los grandes medios informativos, siguen llegando algunos hombres y mujeres, jóvenes por lo general, a quienes el ansia de aventura, la vocación, el cara o cruz de palmar o hacerte una reputación si sobrevives, empuja a coger una mochila y jugársela. Prefiero no estar en la piel de sus padres o de quienes los aman. Su vida es difícil; y sus ganancias, escasas. Ninguna aseguradora se hará responsable de su salud o su vida. Y aunque así fuera, pocos podrían permitírsela. Pero ahí van y ahí siguen, los que aguantan la prueba. El mundo es aún más peligroso que antes, la televisión e Internet volvieron peor y más resabiada a la gente que sufre y muere en lugares extremos; y moverse por donde crujen las costuras del mundo es una osadía suicida. Por eso el auténtico periodismo de guerra lo hacen hoy esos chicos y chicas solitarios y valientes, con sus blogs, sus tuiteos, sus mensajes sobre lo que ven y fotografían en lugares hostiles y remotos”.

Lee el artículo entero aquí.

Antes un reportero de guerra era aquél que dejaba la tranquilidad de su casa para cubrir un conflicto para un determinado medio… el que corría hacia donde se elevaba una columna de humo o donde oyera la explosión, siempre arropado con un chaleco de superhéroe en el que se veía bien grande la palabra PRESS… era la infantería desarmada que empuñaba exclusivamente los medios técnicos (teléfono satélite, baterías, pastillas potabilizadoras…) que hacían posible que una mentira al otro lado del mundo se manifestase en ‘el nuestro’ através del televisor elaborado con metales raros del Congo…

… si en los informativos siguieran enviando ya a alguien a cubrir esas noticias y guerras olvidadas,  porque ese mundo incómodo y descorazonador ya apenas asoma en los telediarios.

¿Cuántas guerras están y tensiones continúan activas cada día y cada noche? ¿Qué medios encuentran cobertura para ellas? ¿Qué imagenes de ellas nos llegan y quiénes las firman? ¿Qué palabras, análisis o informaciones las acompañan?

En la actualidad casi todo lo que nos llega procede de las dos grandes agencias que siguen en activo o de fuentes independientes con dificultades para explicar las cosas desde un contexto claro. Faltan -hoy más que nunca- intérpretes de los claroscuros de la realidad.

El 90% de los periodistas muertos en Irak eran reporteros del país que se arriesgaron a contar su propia historia. Dejarlo todo y lanzarse a la aventura para cubrir un conflicto ajeno en el que peligra la vida, no está al alcance de cualquiera, y ahora menos sin el respaldo de nadie. Y pese a todos los obstáculos, tal es el caso como el largometraje documental Los ojos de la guerra, del periodista y director vallisoletano Roberto Lozano Bruna.

Su obra, que va más allá de contar una historia en los clásicos 50 minutos para contar dos historias con un poco más de tiempo (la historia de los reporteros de guerra, y una más grande si cabe, una reflexión profunda sobre la condición humana),  nació de una convición personal y encontró su máxima dificultad no en afrontar con valor las situaciones de peligro, sino en encontrar la financiación que hasta el final no llegó.

Pese a ello decidió a dar el salto en el vacío y emprender un trabajo que se prolongaría durante tres años y que le llevó a  visitar  Afganistán, República Democrática del Congo, Irak y Bosnia y recoger el terreno el testimonio de cinco reporteros de guerra: David Beriain, Sergio Caro, Hernán Zin, Mikel Ayestaran y Gervasio Sánchez, entre otros.   Caras conocidas a quienes concedemos crédito, que actúan como embajadores ante aquella realidad incómoda y ‘lejana’ de nuestro mundo y que son, sin embargo, a la vez el reflejo de sus ‘fixers’ (periodistas o agentes locales que conocen la zona y tienen los contactos y se ofrecen para facilitar su tarea).

El reportero que viaja ahora por primera vez, al menos, sigue siendo como el de antes: un aventurero que rondandando la veintena ese cree inmortal y no se da cuenta de su verdadera naturaleza hasta que empiezan a morírsele los amigos y compañeros de profesión.

Si continúa en el oficio su mochila de aventura se va llenando de insatisfacciones y dudas a partes iguales y pesa más cada año..

A los 50 años los que quedan, dice Reverte, nada queda de esa mochila, solo son periodistas que se preguntan ¿qué hago aquí? Hoy ,tal vez, no lleguen ni a hacerse esa pregunta.

Aquellos que conocen el lado oscuro del hombre, el ser más peligroso sobre la tierra, se transforman. Han cubierto la noticia desde ‘los dos bandos’ y han oido hablar de buenos y malos ‘a las dos partes’ aunque realmente no hay ‘partes’, la mayoría de las víctimas son gente que se encuentra en medio.

El fotógrafo Gervasio Sánchez también se cuestiona su papel de testigo dentro de una pesadilla hecha realidad que cambia en los reporteros el modo de entender la naturaleza humana. Su respuesta solo puede encontrar arraigo en el poder de una idea: lo hace para salvaguardar la memoria, la conciencia: si un hecho se cubre no hay nadie que pueda decir que no existía la posibilidad de que pudiera saberlo, y recuerda la frase de la escritora Martha Gellhorn: “Tiro piedras sobre un estanque, no sé qué efecto producen en el agua, pero yo al menos tiro piedras”.

El largometraje documental pone a todos los espectadores con el corazón en un puño, el turno de preguntas tras su emisión se transforma en un desahogo para su director:

No puedes contar a quien te pregunta lo que has visto cuando vuelves, es como hablar de otro planeta, solo puedes hablar a quien lo conoce’.

El Salón de Grados de la UEMC aplaude y aplaude. Ha abierto unos minutos de su vida sus ojos a ese mundo pero… fuera llueve y el camino de vuelta a casa se hace pesado y mojado y las gotas se lo llevan con él.

Sin embargo, los testigos que lo han vivido lo siguen viviendo cada día. Tienen una especie de polvillo gris dentro de la cabeza  que les impide volver a ver la vida, al vecino de al lado, con los mismos ojos. Sufren el mal de la guerra, como los excombatientes de Vietnam, como consecuencia del choque brusco de dos realidades enfrentadas: por un lado la que dejan atrás, que sienten que abandonan a su suerte, por otro su hogar es el el mismo pero ellos han cambiado.

Roberto Lozano Bruna lo reconoce, tal como están las cosas tuvo suerte de haber terminado el reportaje. Hoy las entidades que le patrocinaron no le hubieran dado financiación, y si cubriera la realidad incómoda de nuestro país se ganaría unos enemigos que pudieran proyectar su mano negra en el futuro.

Es triste, pero el mito del héroe es el de un ser atormentado que quiere seguir tirando piedras

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